
Héctor Castro Aranda, texto y fotografía | La artista ganadora del Grammy encendió su All Born Screaming Tour en Guadalajara. La única fecha en solitario en todo el país el 31 de marzo en el C4 Concert House. Durante una cálida noche de lunes. La expectación se sentía en el aire mientras el público esperaba ansioso la presentación de la enigmática cantante, impulsada por la emoción generada por su álbum de abril con el mismo nombre. Los teloneros, Descartes a Kant prepararon el terreno para una noche de exploración sonora con sus paisajes experimentales y hechizantes, sumergiendo a la audiencia en una experiencia musical vanguardista.
A medida que el espacio se llenaba, St. Vincent emergió entre una nube de humo gris, provocando una ovación ensordecedora del público. La icónica guitarrista ofreció un espectáculo hipnótico que resaltó su virtuosismo, estilo ecléctico y cautivadora presencia escénica, el rock and roll en su pura esencia. Desde las inquietantes melodías iniciales de «Reckless». St. Vincent, cuyo verdadero nombre es Annie Clark, demostró su constante evolución artística. El C4 ante 1800 espectadores, iluminado por una marea de luces en blanco y negro, se convirtió en un santuario ddsonde los límites de los géneros se desvanecieron y la fuerza de la música en vivo se hizo innegable.
El repertorio de Clark fue una selección cuidadosamente curada de éxitos antiguos y nuevos, manteniendo a la audiencia enérgica con los vibrantes acordes de «Big Time Nothing» y las melodías con tintes de jazz de «All Born Screaming». Más allá de su talento musical, su carisma fue magnético. Vestida con un llamativo atuendo negro, dominó el escenario con movimientos mecánicos y calculados, casi robóticos. Su interacción con el público, a través de miradas directas y gestos de reconocimiento, creó una conexión íntima con los asistentes, donde se metió entre el público y nadó un poco con ellos.
La cohesión temática fue otro punto fuerte del concierto. El espectáculo se construyó meticulosamente para alinearse con la estética apocalíptica de All Born Screaming, incluyendo temas como «Pay Your Way In Pain» y «Candy Darling» de su álbum Daddy’s Home, los cuales reforzaron la atmósfera inquietante que permeó toda la noche. Estas canciones, con sus melodías envolventes y letras sombrías, complementaron la sensación trágica del nuevo material, creando una experiencia inmersiva y simétrica que llevó al público por un viaje emocional.
Con una fusión magistral de musicalidad y teatralidad, Clark ofreció un espectáculo lleno de energía y precisión. A lo largo de la velada, incorporó elementos de performance art, con movimientos fluidos y coreografiados que iban desde zambullidas arriesgadas al público hasta carreras gráciles por el escenario. Su presencia física fue intensa y deliberada a sus 41 años, pasando de rodar en el suelo a sumergirse entre la multitud, amplificando la carga emocional de su música. Estas dinámicas visuales y físicas añadieron capas de profundidad al concierto, transformándolo en una experiencia multisensorial que dejó una impresión imborrable en los asistentes.
Además de la teatralidad, Clark reafirmó su compromiso con la innovación musical a través del uso de instrumentos diseñados a medida y tecnología avanzada. Tocó una serie de guitarras personalizadas con diseños geométricos llamativos, que no solo destacaban visualmente, sino que también ofrecían un rango tonal único. Uno de los momentos más impactantes del concierto fue su uso de un procesador de efectos dinámico controlado por la boca, con el que manipuló su voz en tiempo real para crear sonidos etéreos y multidimensionales. Su dominio de afinaciones poco convencionales y efectos de pedal complejos la llevó a expandir los límites del sonido tradicional de la guitarra, convirtiendo cada canción en una pieza de exploración sonora.
Cuando Clark interpretó los vibrantes temas «Sugarboy» y «All Born Screaming», la energía del recinto alcanzó su punto máximo. Los fans respondieron con euforia, bailando y cantando al unísono. El diseño de iluminación se intensificó con destellos rojos y blancos que sumergieron al público en una atmósfera electrizante. Cada golpe de batería y cada acorde contribuyeron a una escalada de intensidad que culminó en un final apoteósico. Con un espectáculo que rompió barreras al fusionar música, arte escénico y una profundidad emocional inigualable, St. Vincent consolidó su estatus como una artista visionaria con All Born Screaming Tour.