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Nick Cave & The Bad Seeds; cuando el dolor es algo hermoso. Una presentación de altura en el Cruel World

Héctor Castro Aranda, texto y fotografía, enviado especial, Pasadena, California |  ¿Alguna vez han visto a Nick Cave sonreír tanto? ¿Y a sus Bad Seeds?, Creemos que desde 1985 no sonríe, pero ahora en 2025, Nick Cave ha dejado atrás las sombras para abrazar algo casi celestial. Lo que antes fue furia y oscuridad, ahora es una misa pagana de redención, comunión y belleza desgarradora, lo que fue una obra maestra de emociones intensas el 17 de mayo en el festival Cruel World en Pasadena, California.

Los años no pasan en vano. La tragedia familiar que marcó la última década del cantante transformó su universo creativo. Aquellos personajes sedientos de sangre, sus narrativas violentas y voces al borde de un ataque, han dado paso a una sensibilidad nueva. No han desaparecido del todo, claro, pero ahora conviven con una ternura que se filtra desde sus álbumes más recientes, sus cartas en The Red Hand Files y, sobre todo, en sus conciertos.

Los Australianos, en esta gira, la teatralidad mística de Cave ha alcanzado nuevos niveles. Las canciones del magnífico «Wild God», como «Jubilee Street,» Joy», «Red Right Hand» o «Tupelo», son presentadas con un aire casi litúrgico: coristas vestidos con túnicas como si vinieran directamente de una iglesia gótica, capas de metales y teclados celestiales, y una puesta en escena que borra la línea entre espectáculo y ritual. Cave no canta: predica, seduce, se arrastra por el escenario, salta al público, estrecha manos, se arrodilla como poseído por una gracia que no lo deja escapar. Durante «The Weeping Song», su cuerpo parecía dispuesto a ser tragado por el foso, como un Sebastian moderno en una tragedia sureña. Su voz, esa mezcla entre un predicador, un narrador y un subastador de almas perdidas, recuerda por momentos a Neil Diamond en su legendario Hot August Night de 1972. Y sí, antes de que protestes, escúchalo.

Los Bad Seeds suenan más orgánicos que nunca. Jim Sclavunos aporta la melancolía precisa desde su xilófono; Carly Paradis es el alma gélida detrás de los teclados; Larry Mullins y Colin Greenwood sostienen la estructura con ritmos graves; y Warren Ellis, como siempre, es el chamán del caos con su violín.  Pero lo más fascinante es cómo el repertorio clásico, aquellas piezas intensas y viscerales que marcaron épocas, se adapta al nuevo espíritu sin perder su esencia. «Tupelo», suena ahora casi tribal, como un canto antiguo resucitado. «Jubilee Street», aunque menos acelerada, conserva su poder emocional. Y «From Her To Eternity», brilla con una elegancia primitiva, casi animal.

Cave con precisión milimétrica, es una obra maestra de tensión creciente, aún estremece como la primera vez. «Papa Won’t Leave You»,  destila drama a cada acorde, mientras que White Elephant explota en un góspel glamoroso, con el coro proclamando un “reino en el cielo” que parece a punto de manifestarse frente a nuestros ojos. Y cuando el concierto parece haber alcanzado su clímax, cerraron con «Hollywood». Lo que alguna vez fue un caos feroz, una tormenta oscura de rabia y fuego, hoy es una celebración del amor, la pérdida, la belleza y lo sagrado. Nick Cave & The Bad Seeds han logrado lo impensable: convertir su dolor en una experiencia extática que nos arrastra y nos une. Ya no es solo un concierto. Es una transformación colectiva. Un milagro musical. Un acto de fe.

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