
En el corazón de la Roma Norte, una conversación silenciosa pero profunda tiene lugar en cada plato servido en Barolo, el restaurante comandado por el chef Rafael Prado, que ha logrado lo que pocos se atreven: unir la cocina italiana con la mexicana desde la sensibilidad y no desde la mezcla forzada. Aquí no se trata de fusiones gratuitas, sino de una correspondencia natural entre sabores, territorios y memorias. Recientemente, Barolo presentó un menú especial donde Italia y México se sientan a la mesa, dispuestos a escucharse, respetarse y reinterpretarse. La experiencia, que se construye paso a paso como una sinfonía, ofrece una degustación que viaja desde las colinas del Piamonte hasta los campos del Bajío, con paradas en Liguria, Roma y Oaxaca, sin salir de la Ciudad de México.
Todo comienza con un Milk Punch inesperado: ginebra artesanal, licor de violetas, yogurt griego y cordial de manzanilla. Un trago que acaricia el paladar con suavidad floral y frescura etérea. Es el tipo de bebida que no solo acompaña, anuncia lo que está por venir. Los primeros bocados son tan contundentes como elegantes. Un paté de lengua con pepinillos sobre pan campiña que evoca sabores de la cocina de abuela, junto a un supplì parmigiano que rinde homenaje a Roma con su cremosidad precisa y su corazón fundente. La anchoa con alioli de tinta de sepia pone la salinidad exacta para cerrar este tríptico inicial con sabor a costa italiana.
El menú encuentra uno de sus momentos más líricos con el jitomate Heirloom, que se acompaña de pesto, mozzarella, agua de albahaca y balsámico bianco. Sabe a Liguria en verano. Por otro lado, el poro asado con taleggio, brotes de cebolla y salsa de poro quemado recuerda las cocinas alpinas del norte de Italia, pero reinterpretadas con producto fresco y alma mexicana. Los maridajes no son secundarios. Cada vino fue elegido con intención, como el Soave Clásico de Pieropan, el Sauvignon Blanc de Dirk Vermeersch y el Rose di Nère de Feudo Maccari, que resaltan acentos, redondean sabores y aportan equilibrio.
Un intermedio líquido en forma de hidromiel con cordial de albahaca y aceite de oliva prepara el paladar para lo que viene. No es solo un sorbo, es un respiro contemplativo. Luego, los agnolotti del plin, pasta rellena clásica del Piamonte, llegan con su característica sutileza. El plato fuerte, sin embargo, es una codorniz en salsa de vino tinto, ajo negro e higo, un bocado lleno de fuerza, dulzura y umami que marca el punto más elevado de la propuesta salada. Los postres en Barolo son capítulos enteros, no epílogos. El lemon curd con amarena refresca, equilibra y emociona. La panna cotta de pixtle, mamey y aceite de salvia es un prodigio de técnica, donde un clásico italiano se rinde ante los sabores tropicales con naturalidad.
Más allá del diseño elegante y el servicio impecable, lo que distingue a Barolo es su capacidad para contar historias comestibles. Cada plato tiene un relato, una intención, un puente que conecta geografías, generaciones y saberes. Aquí, la sobremesa es parte del menú, una extensión natural del diálogo entre el chef y los comensales. En tiempos donde lo inmediato parece reinar, Barolo propone una pausa, un momento para escuchar lo que el vino, el pan y la salsa tienen que decirnos. Todo, desde el pan horneado en casa hasta la selección de ingredientes de temporada— responde a un ethos artesanal y profundamente humano.
Barolo está ubicado en C. Orizaba 203, Roma Norte, Cuauhtémoc, Ciudad de México. Abierto para quienes buscan más que una comida: una experiencia viva, que celebra el poder del intercambio y la memoria gastronómica.