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Jacob Collier convirtió el Teatro Diana en un laboratorio sonoro

Aldo Andrino | El 18 de septiembre, el Teatro Diana, se transformó en un universo paralelo. El debút Jacob Collier, después de años de espera, no fue simplemente un concierto, sino un viaje sensorial donde cada acorde y cada gesto del músico británico convirtieron la sala en un mundo nuevo, hecho a su medida y compartido con el público. La tarima no parecía un simple espacio para una banda, sino un ecosistema vivo: teclados, guitarras de diez cuerdas, sintetizadores modificados, un kulintang. La sensación era la de entrar a un terrario musical donde Collier jugaba al científico loco, mezclando timbres y colores frente a miles de ojos asombrados.

Desde la apertura con “What a Wonderful World”, el artista mostró que su propuesta va mucho más allá de tocar canciones. Con una energía desbordante, saltó de un instrumento a otro con naturalidad asombrosa: del majestuoso piano Steinway a guitarras y sintetizadores. Su virtuosismo es evidente, pero lo que realmente lo distingue es la entrega: su forma de compartir la música con la misma intensidad de un niño que descubre algo nuevo cada segundo.

El repertorio fue un péndulo entre la fiesta y la contemplación. “Can’t Take My Eyes Off You” y “Billie Jean” desataron la energía del público con arreglos intrincados que, sin perder complejidad armónica, resultaron irresistiblemente contagiosos. En contraste, piezas como “Bitter Sweet Symphony” y “Human Nature” invitaron a un estado más introspectivo, donde Collier mostró su faceta más íntima.

Si hubo un instante que definió la velada, fue cuando Collier decidió transformar al público en su propio coro. Con gestos de sus manos y su sonrisa inagotable, dividió la sala en secciones y fue moldeando cada grupo hasta lograr acordes complejos en tiempo real. Lo que en videos puede parecer un truco divertido, en vivo se convirtió en una experiencia colectiva, casi espiritual, que hizo sentir a todos como parte activa de la creación musical. Al apagarse las luces, lo que quedó fue la certeza de haber sido parte de algo irrepetible. No solo un espectáculo, sino un recordatorio de que la música puede romper barreras entre géneros, idiomas y fronteras. Collier no se limita a dar conciertos: crea universos donde cada asistente deja de ser espectador y se convierte en cómplice.

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