Héctor Castro Aranda | El Auditorio Telmex, fue testigo de una noche donde las fronteras entre la música clásica y el metal desaparecieron por completo. Apocalyptica regresó a Guadalajara el 25 de noviembre con su gira Plays Metallica – Vol. 2 y lo hizo reafirmando por qué, tres décadas después de su formación, siguen siendo una de las propuestas más revolucionarias y respetadas dentro del metal contemporáneo. Una densa cortina de humo blanco cubrió el lugar mientras el público aguardaba en silencio. Bastó la silueta de un violonchelo para que la tensión se rompiera y el lugar estallara. Apocalyptica abrió su set con “Ride the Lightning”, reinterpretando el clásico de Metallica con una violencia sonora que desafiaba cualquier noción tradicional de la música de cuerdas. Los cellos se convirtieron en armas, ejecutados con una agresividad que rivaliza con cualquier guitarra eléctrica.

A partir de ese momento, el concierto fue un viaje por la historia de Metallica, filtrado por la sensibilidad clásica y la brutalidad escénica de Apocalyptica. “Enter Sandman” sonó oscura, pesada y envolvente, mientras el público coreaba cada nota. “Creeping Death” y “For Whom the Bell Tolls” elevaron la intensidad, con un juego de luces que acompañó perfectamente la narrativa épica de las composiciones. La banda demostró una vez más que su propuesta no es un simple ejercicio de versiones, sino una relectura profunda y respetuosa de un legado musical. En “Battery” y “Master of Puppets”, la velocidad y precisión de los arcos sobre las cuerdas provocaron una reacción casi visceral entre los asistentes, que respondieron con headbanging y gritos al unísono. En contraste, “Nothing Else Matters” ofreció uno de los momentos más emotivos de la noche, transformada en una pieza de belleza orquestal que hizo cantar a todo el recinto. El Telmex, fue re acomodado por la falta de venta de entradas, concentrando un poco más de 2,500 espectádores. El set avanzó sin perder intensidad con piezas como “Sad But True”, “Seek & Destroy” y “Blackened”, hasta llegar a un cierre monumental con “One”. La progresión dramática de la canción, acompañada por luces estroboscópicas y una ejecución impecable, convirtió el final en una experiencia casi cinematográfica. Al terminar, los músicos levantaron sus cellos en señal de triunfo, recibiendo una ovación que pareció no terminar nunca.