Héctor Castro Aranda | Después de ochos años de ausencia el regreso de Lenny Kravitz a Guadalajara, se vivió como un auténtico acontecimiento musical. El cantante y guitarrista volvió a los escenarios con una presentación en el Auditorio Telmex, ofreciendo un espectáculo cargado de energía, espiritualidad y una conexión emocional con el público que convirtió la noche en una auténtica celebración colectiva, ante más de ocho mi espectadores.

El concierto forma parte de la gira, es un repaso a toda su carrera, que confirma la vigencia de un artista que, después de décadas de carrera, continúa siendo una de las figuras más carismáticas del rock contemporáneo. Desde antes de que comenzara el espectáculo, el ambiente en el recinto ya anticipaba algo especial. Entre el público se encontraban seguidores de todas las generaciones: niños, jóvenes y una gran cantidad de fanáticos que han acompañado la carrera del músico desde los años noventa. La mezcla de edades transformó la velada en una especie de encuentro intergeneracional unido por la música.
Kravitz demostró por qué su presencia sigue siendo tan poderosa. El músico se movió con naturalidad entre la guitarra, el bajo y el micrófono, recorriendo el escenario con una seguridad y una energía que contagió a todo el recinto. Su banda, integrada por músicos de primer nivel, elevó aún más el espectáculo. Entre ellos destacó el guitarrista Craig Ross, compañero musical de larga data del artista y una pieza fundamental del sonido en vivo de Kravitz.
El show comenzó con “Bring It On” y “Dig In”, marcando desde el inicio un ritmo potente. La primera muestra del nuevo álbum llegó con “TK421”, una pieza cargada de funk que recordó a muchos la influencia de Prince en la música de Kravitz. Con el artista tomando el bajo, la canción se convirtió rápidamente en uno de los momentos más vibrantes de la noche.
Uno de los puntos más intensos llegó con “Always On The Run”, donde la combinación de guitarras, iluminación y la respuesta del público convirtió el recinto en un enorme coro colectivo. A partir de ese momento, el ambiente se transformó en una verdadera ola de entusiasmo que se extendió por toda la arena. En uno de los momentos más emotivos del concierto, Kravitz se dirigió directamente a los asistentes. Con un tono reflexivo y cercano, agradeció al público por acompañarlo en su regreso al país y recordó la importancia de celebrar la vida.
La segunda parte del concierto llevó al público por distintos momentos de su trayectoria. Canciones como “Stillness Of The Heart” y “Believe” mostraron el lado más espiritual y emocional del artista, mientras que piezas más recientes como “Honey” y “Paralyzed” reflejaron la evolución sonora de su trabajo más reciente. El repertorio también incluyó temas de distintas etapas de su discografía, como “Low” y “The Chamber”, que mantuvieron al público bailando y cantando. Pero fue en el tramo final donde llegaron algunos de los mayores clásicos de su carrera.
Cuando comenzaron a sonar los primeros acordes de “It Ain’t Over ‘Til It’s Over”, el Telmex enteró se unió en una interpretación colectiva que puso de manifiesto la profunda conexión entre el músico y sus seguidores. El momento continuó con “Again”, un tema que despertó la nostalgia de muchos fanáticos que crecieron escuchando la música de Kravitz.
El clímax llegó con una sucesión de éxitos que incluyó “American Woman”, “Fly Away” y la explosiva “Are You Gonna Go My Way”, canciones que transformaron el recinto en una fiesta de rock donde nadie permaneció en su asiento. Sin embargo, el momento más especial de la noche llegó durante el encore con “Let Love Rule”. La canción se extendió en una larga improvisación que terminó convirtiéndose en un coro multitudinario. En medio del tema, Kravitz decidió bajar del escenario y caminar entre el público, saludando a los fans, tomándose fotografías y firmando recuerdos mientras continuaba cantando.
El gesto provocó una reacción eufórica entre los asistentes y terminó de consolidar una atmósfera de cercanía pocas veces vista en conciertos de gran escala. Desde una pequeña plataforma ubicada en la parte posterior del recinto, el músico dirigió a la multitud como si se tratara de un enorme coro, repitiendo una y otra vez el mensaje central de la canción: dejar que el amor gobierne.
Más allá de la calidad musical, el espectáculo también destacó por su producción visual. Pantallas, efectos de iluminación, humo escénico, acompañaron cada momento del concierto sin eclipsar la esencia del show: la música en vivo. A sus 60 años, Lenny Kravitz demostró que su voz, su presencia escénica y su capacidad de conectar con el público permanecen intactas. Carismático, elegante y enigmático, el músico ofreció una actuación que recordó por qué su nombre ocupa un lugar privilegiado dentro del rock contemporáneo.