
Héctor Castro Aranda | En un momento donde muchas bandas históricas transitan hacia la nostalgia, AC/DC demuestra que lo suyo sigue siendo presente, potencia y resistencia. Su reciente paso por la Ciudad de México, en el Estadio GNP, con tres fechas agotadas tras 17 años de espera, reafirmó por qué su nombre permanece inscrito en lo más alto del rock mundial. La jornada comenzó incluso antes de que la banda pisara el escenario, con un guiño a su historia: cientos, o miles, de locales y extranjeros se reunieron en el Ángel de la Independencia; asistieron a la Pop Up Store de AC/DC en el House of Vans, donde podían encontrar artículos de la banda, videos y un bar en el que se podía disfrutar en hermandad con la música de los australianos.
Tres fechas, 65 mil personas por día. Conseguir boletos fue una tarea difícil, incluso en la reventa. El 16 y 17 de febrero, AC/DC visitó por primera vez México en el Palacio de los Deportes de la Ciudad de México como parte de su gira mundial Ballbreaker, tras 24 años de su formación. Otros 13 años de espera fueron los que los mexicanos tuvieron que aguardar para la primera presentación en estadio y el retorno de AC/DC a la Ciudad de México con el Black Ice Tour, el 12 de noviembre de 2009, con toda su alineación original, teóricamente.
16 años, una historia flamante: 7, 11 y 15 de abril. Cuernitos iluminados por todos lados, la gran fiesta de los últimos grandes conjuntos de la era dorada del hard rock y del heavy metal que aún siguen vivos hasta nuestros días. Ya dentro del estadio, la banda no se guarda nada. Desde los primeros compases de “If You Want Blood (You’ve Got It)” hasta la explosión inmediata de “Back in Black”, el concierto se convierte en una avalancha de clásicos. No hay pausas largas, no hay concesiones: es una celebración directa, cruda y contundente de más de cinco décadas de historia. Cada tema, más ruidoso que el anterior y no de forma literal, el audio subía y subía de volumen.
AC/DC llegó con toda su producción. Todo es de ellos: audio, escenario, pantallas y luces, algo que vienen haciendo desde hace décadas. Ellos son los directores de todos sus espectáculos; no creen en las producciones locales ni en la renta. AC/DC cree en AC/DC y busca mostrar la misma calidad en cada ciudad en la que se presenta. El escenario incluye más de 300 toneladas de acero, montadas para soportar la pesada infraestructura técnica, y la producción requirió cerca de 47 camiones para transportar todo el equipo técnico, iluminación y sonido, lo que indica un montaje de gran envergadura. 24 toneladas de audio de alta gama aseguran un sonido potente. Sistemas lineales, módulos de array GTX 12 de TT+ Audio, cubren el recinto. Estos sistemas son conocidos por ofrecer un alto nivel de presión sonora (hasta 148 dB) y una cobertura consistente en estadios. Tres pantallas gigantes al centro y dos laterales, así como dos más de refuerzo en medio de la cancha, además de la icónica campana de más de una tonelada.
Al frente, Brian Johnson asume su rol con energía y entrega. A sus 78 años, su voz ha cambiado, es evidente, pero lo que pierde en rango lo compensa con actitud. Cada grito, cada gesto y cada risa entre canciones transmiten la emoción de seguir ahí, desafiando el tiempo y las limitaciones físicas. Su regreso tras los problemas auditivos que lo alejaron en 2016 añade una capa emocional que el público percibe y celebra. Pero si hay un epicentro indiscutible en el espectáculo, ese es Angus Young. A sus 70 años, sigue siendo una fuerza escénica difícil de igualar. Su icónico uniforme escolar, su caminar desbordado de energía y su ya legendario “duckwalk” continúan siendo parte esencial del ADN de la banda. Aunque algunos pasajes muestran el inevitable paso del tiempo, basta un solo de guitarra para recordar por qué sigue siendo uno de los guitarristas más electrizantes del rock.
Momentos como “Thunderstruck” o “Highway to Hell” transforman el estadio en un coro masivo, donde decenas de miles de voces se sincronizan en una experiencia colectiva que trasciende generaciones. En “Let There Be Rock”, Young se adueña del escenario con un solo extendido, teatral y visceral, que roza lo caótico sin perder nunca el control. Es ahí donde AC/DC deja claro que no se trata solo de tocar canciones, sino de construir rituales.
El resto de la banda acompaña con precisión y contundencia. Stevie Young, en la guitarra rítmica, mantiene la base sólida, mientras la sección rítmica aporta ese pulso inconfundible que ha definido el sonido del grupo durante décadas. No hay artificios innecesarios: todo gira en torno a la potencia del directo. Aunque la gira toma su nombre del álbum Power Up, el setlist privilegia los himnos que construyeron su legado. “TNT”, “You Shook Me All Night Long”, “Dirty Deeds Done Dirt Cheap” y “Whole Lotta Rosie” desfilan como piezas de un repertorio que parece inagotable. Incluso hay espacio para sorpresas como “Jailbreak”, rescatada tras décadas de ausencia en vivo.
En tiempos donde la industria musical evoluciona hacia lo digital y lo efímero, AC/DC ofrece una experiencia visceral, física, casi primitiva. Un recordatorio de que el rock, en su forma más pura, sigue siendo una descarga directa al cuerpo. Una banda con más de 50 años de historia que, sin necesidad de una gira mundial constante, ha regalado en los últimos años presentaciones a sus fervientes seguidores de distintas generaciones, quienes agradecen la oportunidad de escuchar en vivo las más clásicas melodías del rock and roll. El tiempo es un factor importante: montar una gira de esta magnitud, la edad y los elementos pesan. Creemos que estamos ante la despedida de una de las bandas más importantes sobre la Tierra. Ya se fue KISS, The Who; Megadeth, Deep Purple y Scorpions se acercan a su adiós. Iron Maiden está en la cuerda floja; de los Rolling Stones hay pocas noticias, y Metallica, así como Guns N’ Roses, siguen girando. AC/DC tomó el control global y nos permitió disfrutar y vivir lo auténtico, lo que es real.