
Héctor Castro Aranda | Un proyecto que comenzó a gestarse en 1989 en Londres, Inglaterra. Unos jóvenes inquietos por difundir un mensaje por medio de la música, Jamiroquai, querían transmitir una contracorriente en la música global, difundiendo el acid jazz, que era un secreto a voces en aquellos entonces, mezclado con estridentes jams bien funkosos con la voz y carisma de su líder, creador y letrista Jay Kay. Todo pasó muy rápido y, para mediados de la década de 1990, todos conocían esta banda y su silueta, que figuraba en playeras por doquier.
El tecladista Toby Smith, el bajista Stuart Zender, el baterista Nick Van Gelder y el tocador de didgeridoo Wallis Buchanan fueron los que iniciaron este viaje y, al paso de los años, fueron bajando del barco. Siendo no fundador, pero estando activo desde 1994, el baterista y DJ Derrick McKenzie, junto a Jay Kay, ha llevado a Jamiroquai a todo el mundo desde hace casi 35 años.
La evolución de cada disco es una delicia contundente que te lleva a distintos paisajes y situaciones y que se ha adaptado perfectamente a cada época y, sobre todo, lo más importante: cada tema de Jamiroquai es atemporal y es por eso que gusta tanto y que distintas generaciones disfrutan de su material. Los británicos han visitado México en varias ocasiones desde 1999 y Guadalajara por primera vez en el año 2013, en el Auditorio Telmex, un concierto que nadie quiere recordar y prefieren olvidar, un espectáculo que fue marcado por fallas técnicas, causando una molestia enorme para Jay Kay, quien desquitó su impotencia con los monitores de piso, mostrando apatía y recortando el concierto. Trece años más tarde, la expectativa era inmensa. Con el crudo recuerdo de aquella ocasión, la encimada agenda de conciertos y una promoción que se vio obstruida por la temporada mundialista, la percepción de un fracaso era inevitable. Milagrosamente, como el ave fénix, Jamiroquai llegó a la Arena Guadalajara el 25 de septiembre ante 15 mil espectadores.
En punto de las 9:40 de la noche, salieron a escena Derrick McKenzie, Rob Harris, Matt Johnson y Paul Turner para apoderarse de sus instrumentos; seguido de ellos apareció Jay Kay, con un sombrero púrpura al igual que un traje del mismo color. El bajo resonó por toda la barranca de Huentitán al ritmo de «(Don’t) Give Hate a Chance». Los bailes no se hicieron esperar y las zapatillas Adidas de Kay volaban por toda la tarima. «Little L», el siguiente éxito. Kay, con una voz exactamente igual y con una condición física envidiable a sus casi 57 años.
Uno de los aspectos más llamativos de la producción fue el diseño escénico. Una enorme pantalla de fondo transformaba constantemente el escenario con imágenes que iban desde cascadas hasta paisajes espaciales, adaptándose a cada canción. Los efectos visuales aportaban una sensación de inmersión que cambiaba por completo la percepción habitual de un concierto normal. La escenografía está planteada como si se tratara de un espectáculo clásico de Las Vegas, con la banda distribuida en distintos niveles escalonados, algo que termina jugando en contra de su inquieto vocalista. Jay Kay no deja de moverse, pero nunca parece contar con el espacio suficiente para desenvolverse con libertad.
Jay Kay todo el tiempo habló con el público e incluso bajó a firmar discos a toda la primera línea que lo esperaba desde las cuatro de la tarde. Incluso enfrentando algunos problemas de sonido, Jay Kay y sus músicos demuestran ser una agrupación extremadamente profesional en directo. Sin embargo, la perfección técnica no siempre genera emoción. La banda consiguió que el recinto entero se pusiera en movimiento. Entre la multitud, era difícil encontrar a alguien inmóvil. El espíritu disco y funk se apoderó de la Arena Guadalajara, borrando aquel bochornoso recuerdo de 2013. La puesta en escena también estuvo acompañada por uno de los elementos más característicos de cualquier concierto de Jamiroquai: el vestuario de Jay Kay. El cantante apareció con varios cambios de imagen a lo largo del espectáculo, combinando prendas llamativas, detalles brillantes y sus ya tradicionales tocados extravagantes, una marca registrada que ha acompañado a la banda durante décadas.
En cuanto al repertorio, el concierto ofreció prácticamente todo lo que los seguidores esperaban escuchar. La selección de canciones mantuvo la energía del público durante toda la noche, generando constantes momentos de baile y coros colectivos. La respuesta de los asistentes confirmó que el catálogo de Jamiroquai sigue conservando un lugar especial entre varias generaciones de fanáticos. Fueron 14 temas, pero en cada uno de ellos los extendieron varios minutos más con improvisaciones o fusiones que fueron bastante agradables, teniendo una duración de más de dos horas. Jay Kay se disculpó por dejar pasar tantos años para regresar a Guadalajara, pero dejó entrever que su regreso podría ser en uno o dos años al confirmar su nuevo disco, que sale en 2027, seguido de una gira.
Uno de los momentos más celebrados de la noche llegó con la interpretación de “Cosmic Girl”, uno de los mayores éxitos de Jamiroquai. El tema desató una explosión de energía en el recinto y fue recibido como uno de los puntos culminantes del concierto. Su inconfundible combinación de funk, disco y pop volvió a demostrar por qué sigue siendo una de las canciones más queridas del repertorio de la banda. «Virtual Insanity» fue el final y un tema que se ha vuelto muy escuchado actualmente por los memes en redes sociales, además del contundente y agresivo «Deeper Underground», soundtrack del filme Godzilla.