
Por Lucky Sky Walker / El 21 de septiembre, el prolífico e ineludible maestro del terror Stephen King celebró 79 años de vida. Con un legado de más de 60 novelas, siete de ellas publicadas bajo el legendario seudónimo de Richard Bachman y decenas de relatos cortos, su huella en la literatura es monumental. Sin embargo, dentro de su vasta producción existe un título que el propio King decidió «sepultar»: Rabia (Rage), concebido inicialmente bajo el título Getting It On.
Escrita cuando King era apenas un estudiante de secundaria y publicada en 1977 bajo el nombre de Richard Bachman, la novela sigue a Charlie Decker, un adolescente perturbado que entra armado a su escuela, asesina a dos profesores y mantiene como rehenes a sus compañeros de clase. A través de un claustrofóbico diálogo en el aula, la obra desentraña la frustración, el resentimiento y el colapso mental del joven.
Entre finales de la década de 1980 y los años 90, la ficción comenzó a mimetizarse con la realidad. La novela fue hallada entre las pertenencias o citada en las acciones de jóvenes perpetradores de tiroteos y tomas de rehenes escolares en Estados Unidos, entre ellos Jeffrey Lyne Cox (1988), Dustin L. Pierce (1989), Scott Pennington (1993) y Michael Carneal (1997). Como suele ocurrir en la conversación pública, la búsqueda de un chivo expiatorio fue inmediata: resultaba más sencillo responsabilizar a la tinta y al papel de Richard Bachman que cuestionar la dinámica familiar, la salud mental o el acceso a las armas en el hogar. Ante la acumulación de evidencias del impacto de la obra, fue el propio Stephen King quien tomó una decisión inédita en la industria editorial: solicitó retirar la novela de circulación de forma permanente. Sobre el peso moral de su trabajo, King reflexionó con lucidez:
«Mi libro no los convirtió en asesinos; encontraron algo en él que les resonó porque ya estaban rotos. Sin embargo, vi “Rabia” como un posible acelerador. No dejas una lata de gasolina al alcance de un chico con tendencias piromaníacas».
Ocurrió el 20 de noviembre de 1973 en el emblemático Cow Palace de Daly City, Bahía de San Francisco. The Who daba inicio a su gira norteamericana para presentar el monumental álbum Quadrophenia, pero la noche no tardó en descarrilarse. Keith Moon, reconocido tanto por su brillantez salvaje como por sus excesos autodestructivos, se desplomó sobre la batería a mitad del concierto, víctima de una letal combinación de alcohol y drogas. Tras intentar reanimarlo en vano y sacarlo del escenario en camilla, Pete Townshend tomó el micrófono con desconcierto y lanzó una pregunta desesperada a los miles de personas del público: «¿Alguien sabe tocar la batería?, me refiero a alguien bueno».
Entre la multitud alzó la mano Scott Halpin, un joven de 19 años que había llegado al concierto simplemente como un espectador más. Tras consumir un trago de brandy para calmar los nervios, Halpin subió al escenario, tomó las baquetas y se colocó tras el instrumento de uno de los bateristas más influyentes y, para muchos, también sobrevalorados de la historia del rock.
Con notable dignidad y un sentido del ritmo firme, Halpin acompañó a Townshend, Roger Daltrey y John Entwistle durante las últimas tres canciones del repertorio, incluyendo «Smokestack Lightning» y «Spoonful». Al finalizar, el grupo completo se inclinó ante él junto al público, consagrando a un perfecto desconocido en héroe por una noche, mientras Moon yacía inconsciente tras bambalinas. No quería dejar pasar la oportunidad de recomendarles una auténtica obra de culto en potencia: la serie Milky Subway: The Galactic Limited Express, concebida por el talentoso Yohei Kameyama.
Más allá de su cautivadora propuesta visual y narrativa, la obra destaca por ser un fascinante mapa de referencias literarias y cinematográficas que fascinará a cualquier amante del género. Entre sus páginas y episodios resuenan ecos inconfundibles de gigantes de la ciencia ficción y la narrativa existencial:
El horror psicológico y la distopía de Harlan Ellison en «No tengo boca y debo gritar». El ciberpunk y la reflexión sobre la identidad y la mente humana de Masamune Shirow en «Ghost in the Shell».
El dilema de la empatía, la memoria y la humanidad en «¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?», de Philip K. Dick. El lirismo melancólico y el viaje metafísico a través del cosmos de Kenji Miyazawa en «Noche en el ferrocarril galáctico» (Night on the Galactic Railroad).
Cada detalle en Milky Subway funciona como un homenaje inteligente y un rompecabezas conceptual donde la tecnología, la condición humana y el viaje espacial se entrelazan. Es una propuesta impredecible e imperdible que no solo entretiene, sino que invita a la relectura y al descubrimiento continuo. Una recomendación que les dejará con un excelente sabor de boca. Tras escuchar la ferviente recomendación de un tal Bicho sobre esa joya «oculta y brutal» en el catálogo del gigante del streaming, decidí darle una oportunidad a Copycat Killer. Sin embargo, el resultado fue decepcionante.
Aunque la serie intenta venderse como un relato cargado de horror psicológico y tensión criminal, jamás logra soltar el lastre del melodrama. La producción taiwanesa cae presa de la fórmula más desgastada del drama coreano contemporáneo: ritmos aletargados, lágrimas sobreactuadas y giros telenovelescos que diluyen por completo cualquier atisbo de crueldad o misterio. Lo que debió ser un thriller perturbador termina convirtiéndose en un ejercicio narrativo abrumadoramente denso y terriblemente aburrido.
¿Y qué decir de la serie mexicana Mal de amores? Es el perfecto ejemplo de una producción deslumbrante en la forma, pero hueca en el fondo.
Si bien destaca por sus bellas locaciones, una fotografía impecable y un diseño de vestuario sumamente cuidado, todo este empaque visual se desploma frente a una trama vacía y un melodrama sin sustancia. La ausencia de un guion sólido y con verdadero contenido termina pasando factura al reparto principal, dejándolo atrapado en actuaciones tibias. En última instancia, la serie no aporta nada al panorama televisivo actual, quedándose en la cómoda mediocridad de lo pretencioso.
Hablar de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado «La Esmeralda» es invocar a los fantasmas tutelares del arte mexicano. Por sus aulas pasaron maestros de la talla de Diego Rivera, María Izquierdo, Francisco Zúñiga y Raúl Anguiano; de sus talleres surgieron figuras fundamentales como José Luis Cuevas, Pedro Coronel, Rodolfo Morales, Manuel Felguérez y Vicente Rojo, creadores que dotaron al arte nacional de proyección e identidad internacional. Sin embargo, frente a ese legado, cabe formular una pregunta incómoda: ¿de qué sirve cursar la Licenciatura en Artes Visuales en La Esmeralda, respaldada por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), e incluso una maestría en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), si el resultado formal ni siquiera logra ejecutar con destreza el embalaje de una simple caja de cartón? El calvario, al parecer, no es la obra, sino la experiencia de observarla. Pero ¿qué observas? ¿Una caja maltrecha?.
Dice el refrán popular que «el que no conoce a Dios, a cualquier santo le reza». Y la frase encaja no solo para describir la pieza titulada Foráneo, firmada por la autodenominada artista Fernanda Enríquez, sino también para reflexionar sobre el entramado institucional que la sostiene. Si la creadora llevara su portafolio al Mercado de Abastos de Guadalajara o al Mercado de Iztapalapa para solicitar empleo, es dudoso que la contrataran como mecapalera; en el oficio cotidiano, la torpeza técnica no se teoriza: sencillamente invalida el trabajo.
Resulta un dato revelador e inequívoco que entre el jurado responsable de validar y seleccionar dicha pieza figure Emil Becerril, curador en jefe del Museo de Arte Carrillo Gil (INBAL), institución estrechamente vinculada al circuito académico donde se formó Enríquez. El engranaje se revela solo: en el ecosistema contemporáneo, la capacidad de crear, expresar o dominar una técnica mediante el talento y la imaginación ha sido desplazada por el membrete. Si cuentas con el título, el aval institucional y el guiño del curador en turno, ¿eres artista?
Quizá sea momento de aguzar la mirada la próxima vez que caminemos por el mercado local. Entre quienes embalan fruta, calzado o verdura con envidiable destreza y precisión artesanal, tal vez se escondan los verdaderos virtuosos de la materia, mientras las galerías continúan celebrando el vacío conceptual empaquetado con sello académico.
Saludos desde el borde de la Guillotina.