
Héctor Castro Aranda | Hay sabores que forman parte de la memoria de una ciudad. En Guadalajara, uno de ellos se encuentra en La Gorda, un restaurante cuya historia comenzó hace siete décadas en las calles de Santa Teresita, cuando la comida se preparaba con los recursos disponibles, las recetas se transmitían en familia y ganarse la confianza de los vecinos era la mejor manera de construir un negocio.
En 1956, Josefina García, conocida como La Gorda, y su esposo, Marcelino Rodríguez, apodado Machelo, comenzaron a vender antojitos mexicanos en la esquina de General Coronado y Juan Álvarez. Con una pequeña mesa, unas sillas, un brasero y una olla de pozole, pusieron en marcha un proyecto que crecería hasta convertirse en una referencia de la cocina tradicional para generaciones de tapatíos.
El comienzo fue sencillo, como el de tantos negocios familiares que nacieron del esfuerzo diario. No existían grandes instalaciones ni una estructura empresarial detrás del proyecto. Había trabajo, recetas caseras y la intención de ofrecer comida sabrosa a los habitantes del barrio. Aquella combinación fue suficiente para que los primeros clientes regresaran y, con el tiempo, llevaran a más personas a conocer el lugar.
Santa Tere fue el escenario de ese crecimiento. En sus calles, La Gorda encontró una comunidad que hizo suyo el negocio y contribuyó a que la pequeña venta de antojitos se transformara gradualmente en un restaurante. La historia de la marca está ligada a esa relación con el barrio, donde la cercanía con los clientes y la comida cotidiana tienen un significado especial. Setenta años después, el nombre de La Gorda conserva ese vínculo con sus orígenes. Su propuesta sigue girando alrededor de los platillos que han acompañado a la cocina mexicana durante generaciones, con una oferta en la que el pozole, las enchiladas y los sopes ocupan un lugar importante.
El pozole tiene un significado particular en esta historia. Fue uno de los protagonistas desde los primeros días y se convirtió en una de las preparaciones que identifican al restaurante. Servido en una porción generosa, representa esa clase de comida que invita a sentarse sin prisas y disfrutar cada cucharada. Es un platillo asociado con las reuniones familiares, las celebraciones y las mesas donde siempre hay espacio para alguien más.
Las enchiladas ofrecen otra manera de acercarse a esa tradición. Su presencia en la mesa recuerda que la cocina popular mexicana encuentra buena parte de su riqueza en recetas conocidas, ingredientes cotidianos y combinaciones que han pasado de una generación a otra. Los sopes, por su parte, forman parte de ese repertorio de antojitos que permiten disfrutar una comida completa sin necesidad de grandes ceremonias. En La Gorda, la generosidad también se mide en las porciones y en la posibilidad de comer bien a precios asequibles. En una época en la que salir a comer puede convertirse en un gasto considerable, mantener una propuesta accesible resulta importante para quienes buscan un lugar al que puedan acudir con la familia, reunirse con amigos o simplemente disfrutar de un antojo durante el día.
A ello se suma la atención personalizada, un aspecto que ayuda a conservar el carácter cercano del restaurante. La experiencia no depende únicamente de lo que llega al plato, sino también de la manera en que se recibe a los comensales. Ese trato, característico de muchos negocios familiares, forma parte de una tradición gastronómica que se construye con constancia y que no se limita a seguir las tendencias del momento. El crecimiento de La Gorda llevó su cocina a diferentes puntos de Guadalajara y su zona metropolitana. La expansión permitió que más personas conocieran sus platillos, sin que Santa Tere dejara de representar el punto de partida de la historia. La marca pasó de aquella esquina donde todo comenzó a consolidar una presencia que forma parte de la oferta gastronómica local.
Pero el valor de una historia como esta no se encuentra solamente en el número de sucursales o en los años acumulados. También está en la capacidad de permanecer en la vida cotidiana de una ciudad. Hay restaurantes que se conocen por una visita ocasional y otros que terminan asociados con recuerdos familiares, reuniones de domingo, comidas después del trabajo o el sencillo gusto de volver a pedir el mismo platillo. La Gorda pertenece a esa tradición de establecimientos que han acompañado el crecimiento de Guadalajara y que mantienen una relación directa con la identidad de sus barrios. Su trayectoria habla del trabajo de una familia, de una cocina que encontró aceptación entre sus primeros vecinos y de una propuesta que logró trascender el lugar donde nació.
Al cumplir 70 años, el restaurante vuelve la mirada hacia aquella primera olla de pozole y hacia los días en que una pequeña mesa era suficiente para recibir a sus clientes. Desde entonces, la ciudad ha cambiado, las calles de Santa Tere han vivido sus propias transformaciones y la oferta gastronómica se ha diversificado. Sin embargo, la cocina mexicana tradicional continúa teniendo un lugar entre quienes buscan sabores conocidos, porciones abundantes y precios que permitan disfrutar sin complicaciones.
La Gorda Juan Álvarez 1336, Colonia Santa Teresita. Abierto de lunes a sábados de 1 de la tarde a 12 de la noche y domingos de la 1 de la tarde a 11 de la noche.