Eva Aranda, texto y fotografías | Mario Aurelio Rodríguez con su mamá, Josefina García, La Gorda, en fotografía de portada | Recordó cuando le dijo a su mamá que quería estudiar medicina, la noticia se convirtió en el inicio de la cadena restaurantera, abrieron una segunda sucursal de La Gorda, «me dijo mi mamá que sería para pagar mi carrera», platicó el doctor, ex presidente de la CANIRAC y asesor de Restaurantes La Gorda, Mario Aurelio Rodríguez, hijo de Josefina García, La Gorda, y de Marcelino Rodríguez “Machelo», en entrevista con Revista101.com en la celebración por los primeros setenta años de La Gorda Restaurantes, festejados el miércoles 30 de septiembre en la esquina donde nació todo, Juan Álvarez 1336, esquina General Coronado, barrio de Santa Teresita.

Ya como médico cirujano y partero el destino le tenía deparado otro derrotero, abrir la sucursal de Restaurantes La Gorda en Arboledas, «fue pozole el platillo para la inauguración. Al llegar a La Gorda para abrir, mi esposa y yo nos sorprendimos, llevábamos a nuestro hijo de seis meses de nacido, había una enorme fila. Se acabó el pozole antes del medio día, cuando llegó mi familia le dije que se había acabado, se sorprendió. Mi mamá inmediatamente mandó traer más para celebrar».
El doctor Mario Aurelio Rodríguez recordó varias etapas de su mamá que describen bien lo que es una empresaria, «cuando empezó vio la necesidad del negocio de billar que tenían mis abuelos, quienes venían a jugar se quedaban y no comían, empezó a vender tostadas y al rato empezó a vender en la noche, y mi abuelita le dijo que vendiera pozole. Con el tiempo creció, en esta cuadra había un carro de un ingeniero y a la otra cuadra de un doctor y vendiendo en la calle cubría la necesidad de mucha gente de las nuevas colonias al poniente de la ciudad, se llenaba de carros.
«Luego vio la visión de que la cena se podía vender a medio día. Después empezó a vender ollas de pozole los domingos, y a mi papá le escuché contar noventa y cuatro ollas de pedidos, terminaban antes de abrir a las seis de la mañana.
La costumbre de los tapatíos en ese tiempo era comer pozole o caldo de res en domingo «la visión de mi mamá, fíjate, luego no quedó en paz, dijo voy a brincar de la banca a la mesa, de la mesa cherrengue al mantel, porque viene mucho cliente de arriba, del poniente, de las colonias nuevas, que quiere comodidad. Va evolucionando, y nos dijo, tengo un sueño, toda esa gente merece un digno lugar, haremos un restaurante, y cómo lo vas a hacer, le decía mi papá, pues tengo la confianza que lo voy a hacer, le respondió.
«Posteriormente llevamos La Gorda a las colonias, quién se anima de ustedes, se dirigió mi mamá a nosotros, sus hijos, de siete hermanos, tres continuamos en las colonias, y así fue creciendo Restaurantes La Gorda en la ciudad.
«Lo más importante de mi mamá que ha sido muy generosa con sus hijos, con todos, aparte de que creció como empresaria, al morir mi papá, ella se retiró del negocio y lo atendimos los hijos.
«Hemos tenido la misma filosofía de mi mamá, buenos proveedores, la clave de ella es, lo dice siempre, hay que ser consistentes, quien venga en la.mañana, en la noche, la comida debe ser igual, sazón, sabor, amor en todas las sucursales, consistencia que también dan los proveedores, gente que colabora.
«Le digo, mamá, ahora que cumplimos setenta años, hicimos una comida aquí para todos los empleados, trabajadores, colaboradores, le digo, estamos celebrando setenta años porque gente que colaboró en Restaurantes La Gorda desde hace muchos años, hizo bien su trabajo, un comal, un mesero hicieron bien su trabajo hace cincuenta años, y así al paso de los años reconocemos al garrotero, al lavatrastes y gracias a que esa gente hizo bien su trabajo estamos aquí, esa es la verdad, no es que seamos muy ingeniosos.
«A nosotros nos toca la disciplina, ver el entorno, el rumbo hacia donde caminamos, creo que para estos tiempos después de recuperarnos de la pandemia, de once negocios bajamos a ocho, ya abrimos otro en Santa Anita y próximamente allá por La Cima, y en Capital Norte abrimos otro y estamos en trato en otra plaza porque la gente tiende.mucho a las plazas, tienen mucho flujo, trabajamos para recuperar ese terreno perdido por la pandemia.
«El año que viene entran nuevas normas para la industria, la forma de trabajar y hay que adaptarse, viene la digitalización también de la operación al cien por ciento, hay que estar al tanto, uno va caminando por la ciudad conectado con las necesidades de la gente.
«Siempre hemos evolucionado, nos hemos ido adaptando, y las crisis son oportunidades, tiempos que hay que aprovechar, de invertir, tiempos de confianza para nosotros mismos, es así como la visión que tenemos.
«Lo que ha dado Restaurantes La Gorda es un familia unida. Nos reunimos todos con mi mamá, hijos, nietos, somos alrededor de cuarenta de familia, los lunes, martes, jueves y viernes. Ella tiene su propio restaurante en su casa, tres cocineras, un chofer, es el negocio al que se le invierte más y el que menos deja económicamente, pero deja una enseñanza, un legado, que la verdad no hay con qué pagarlo, el poder convivir sin calamidades hasta ahorita, gloria a Dios, es lo mejor que nos ha dado el negocio en estos primeros setenta años, vivir unidos, y que esté mi mamá gracias al favor de Dios, aquí en su casa.
Se inauguró el reciente edificio de La Gorda en Juan Alvarez en Santa Teresita en septiembre de 1990, Marcelino Rodríguez “Machelo» falleció el dos de enero de 1991.
—¿Platíquenos de su papá, Marcelino Rodríguez “Machelo»?
—Fíjate que dejó crecer a mi mamá, creyó en mi mamá, confió en mi mamá, siempre detrás de ella, y ándale mujer y ándale mujer y ándale mujer. Mi papá era de oficio zapatero, pero desde la mañana al mercado y ya llegaba a su taller de zapatos porque entregaba cada semana una tarea.
En bicicleta echaba tres a cuatro viajes al mercado, antes era ir al Mercado Corona, lo acompañaba en mi bici, pero híjole, cuando cambiaron al Mercado de Abastos, se nos hacía lejos. Cuando compramos la primera camionetita pues estábamos muy contentos, cosas que va dando la vida, y mi papá un señor muy recto, muy honesto, a tal grado que nunca lo oí decir una mala palabra. Aquí debía ser el revés, detrás de una gran mujer está un gran marido. la verdad un orgullo.
«En este espacio, Restaurantes La Gorda Santa Teresita, era un un billar de mis abuelos, chiquito y venían de los oficios carpinteros, fontaneros, entre una y dos de la tarde llegaban a jugar y ya no se iban, no comían, no sé cómo le hacían, que mi mamá empezó a cubrir esa necesidad, la que la empezó a motivar, siempre viendo a ver qué. Después empezó a vender pozole en la noche, tenía once meses de nacido, tengo setentaiún años de edad, mi hermana, es la mayor de todos, tiene setentaidos, soy el segundo. Mi mamá se casó a los dieciséis años de edad, a los veintitrés ya tenía cinco niños, cómo le hacía, nomás recuerdo que iba con sus baldes a Atemajac y mi papá al Mercado Corona, a nosotros nos tocaba hacer los mandaditos, que el queso, la tortillas».
Los hermanos de Mario Aurelio Rodríguez: Gloria Soledad, Rosa María, Jovita Marcela, Ramón Rafael, Maria Isabel, Mónica.
Solo dos hermanos se dedicaron a otra profesión, los demás trabajan en Restaurantes La Gorda.
La segunda generación son asesores
La tercera generación está encargada de los mandos medios
La cuarta generación ya trabaja. Revista101.com