Aldo Andrino, Fabiola Padilla | El seis de octubre, los tapatíos pudieron experimentar una probadita de lo que es el Corona Capital, con su versión Sessions. Esta versión petit llegó a Monterrey, Guadalajara y Merida. Monterey, fue la única ciudad que si tuvo artistas del Festival con Foo Fighters y Queen of the Stone Age, que tocarán este próximo fin de semana en el Autódromo Hermanos Rodríguez de Ciudad de México. Corona Capital Sessions Guadalajara, que en parte se debe a las celebraciones de los 100 años de la cerveza Corona, comenzó poco después de las cinco de la tarde en el Estadio 3 de Marzo. The Kooks, Phoenix y Keane fueron los titulares donde 18 mil personas disfrutaron de un jueves de rock europeo.

El tiempo parece no haber pasado para The Kooks. Dos décadas después de irrumpir en la escena británica con su característico sonido indie pop, la banda liderada por Luke Pritchard volvió a encender los ánimos de una multitud, siendo los abanderaros de iniciar el Corona Capital Sessions. Lejos de ser una simple tarde de recuerdos, el concierto fue una muestra de cómo la música puede seguir conectando generaciones y reinventarse sin perder su esencia.


A las puertas del vigésimo aniversario de Inside In / Inside Out, aquel álbum que marcó a una generación de jóvenes que crecieron entre guitarras melódicas y letras desenfadadas, The Kooks viven un nuevo momento de gloria. La viralidad de “Naive” en TikTok, que roza ya el millar de millones de reproducciones, ha devuelto a la banda a las listas y al corazón de una audiencia completamente renovada. Su más reciente producción Never/Know también los ha posicionado nuevamente en el Top 10 del Reino Unido, reafirmando que su propuesta sigue tan vigente como en sus inicios.


Cuando los acordes iniciales de “Eddie’s Gun” retumbaron, el público se convirtió en un coro masivo, demostrando que la conexión entre The Kooks y su público no entiende de generaciones ni de modas pasajeras. El setlist fue una mezcla equilibrada entre nostalgia y renovación. “She Moves in Her Own Way” desató uno de los momentos más intensos de la noche, mientras que temas recientes adquirieron una fuerza sorprendente en directo. La banda, que nunca gozó del mismo reconocimiento mediático que contemporáneos como The Strokes o The Libertines, mostró sobre el escenario una vitalidad y compromiso que muchos de sus pares han perdido con los años. Su entrega fue total, y cada gesto de Pritchard parecía reforzar la idea de que, más que un regreso, están viviendo una segunda juventud musical.



Llegada la noche, se transformó en una celebración del pop más sofisticado con el regreso de Phoenix al escenario del Estadio 3 de Marzo. Bajo una fresco de temperatura persistente, el público encontró refugio en una velada que combinó el dramatismo del directo con la estética refinada que caracteriza al cuarteto francés. La banda ofreció un espectáculo tan deslumbrante como preciso, recordando por qué su música sigue siendo sinónimo de alegría, energía y perfección sonora. Desde el primer acorde, Phoenix demostró que no necesitan introducciones extensas para conquistar al público. Con un telón de fondo que evocaba la opulencia del Palacio de Versalles y un despliegue visual programado con precisión milimétrica, los franceses salieron al escenario al ritmo de un clavecín barroco, dejando claro que lo suyo es tanto espectáculo como arte. Ese equilibrio entre lo digital y lo teatral, entre lo moderno y lo clásico, marcó el tono de una noche en la que cada detalle fue pensado para provocar emoción.


Sin rodeos, el grupo encabezado por Thomas Mars abrió con “Lisztomania”, uno de sus mayores éxitos y pieza central de Wolfgang Amadeus Phoenix de 2009. Lejos de reservarla para el final, el tema sirvió para encender la atmósfera desde los primeros minutos. Miles de voces intentaron seguir las letras casi imposibles de cantar, mientras los saltos y aplausos marcaban un ritmo contagioso que unía a toda la sala en un mismo impulso.

A lo largo del concierto, Phoenix repasó los momentos más brillantes de su discografía, con énfasis en su era dorada de finales de los 2000. Canciones como “Lasso”, “1901” y “Girlfriend” sonaron con una energía renovada, mostrando la solidez de una banda que ha sabido madurar sin perder su esencia juguetona. Aunque los años han traído menos acrobacias —Mars ya no escala estructuras como en sus giras anteriores, su conexión con el público sigue siendo genuina. En uno de los momentos más memorables, el cantante se aventuró entre la multitud durante el cierre, desdibujando la distancia entre artista y audiencia. El repertorio incluyó destellos de Bankrupt! y Ti Amo, así como tres cortes de su más reciente trabajo, Alpha Zulu de 2022. El tema homónimo fue uno de los puntos altos del set, con sus sintetizadores brillantes y coros juguetones que recordaron por qué Phoenix es una banda que entiende la ligereza como una forma de arte. La interpretación fue tan pulcra y alegre que resultaba imposible no sonreír, incluso para los asistentes más serios. 

Llegó el momento del acto estelar, los británicos de Keane, volvieron a demostrar por qué su música sigue tocando fibras en públicos de todas las edades. La banda inglesa, que alcanzó la fama con Hopes and Fears en 2004, se presentó ante una sala colmada y entregada donde la nostalgia convivió con una energía renovada. Lo que podría haberse sentido como una compilación de recuerdos, terminó siendo una celebración cálida y emotiva: un concierto que supo mirar al pasado sin quedarse en él.

Tom Chaplin, cuyo proceso de recuperación fue comentado ampliamente en su momento, sale al frente con una presencia escénica madura y segura. Su voz, capaz de elevarse con claridad en los estribillos y de rasgarse en los pasajes más íntimos, conduce la velada con autoridad. A su lado, Tim Rice-Oxley al piano y el resto del cuarteto se muestran compactos: su química es la de compañeros de toda la vida, gente que comparte historias, cicatrices y también una segunda oportunidad para girar por grandes recintos. El montaje escénico apostó por lo elegante. Con pocos artificios, Keane recordó que su fuerza reside en la economía sonora, voz, piano, bajo y batería, capaz de construir paisajes sonoros amplios sin necesidad de estridencias. Esa austeridad potenció los momentos más íntimos y magnificados los clímax colectivos.

Aunque la atención mediática volvió a apuntar hacia el tema que explotó nuevamente «Somewhere Only We Know», gracias a TikTok y que ya suma cifras estratosféricas de reproducciones, la noche fue mucho más que “esa canción”. Temas como “Everybody’s Changing”, “Perfect Symmetry” y “Sovereign Light Café” encendieron pasajes de melancolía y euforia en igual medida. En cada estribillo se percibía la comunión entre banda y público: miles de voces que no solo acompañaban, sino que parecían encontrar en las letras un refugio compartido. El repertorio equilibró la devoción por los clásicos con guiños a etapas posteriores de la banda, mostrando además una solvencia técnica que evitó cualquier toque de nostalgia vacía.

En lo interpretativo, Chaplin se muestra hoy más dueño de su rol: la vulnerabilidad sigue presente, pero ya no encubre inseguridades pasadas; ahora, aparece como una emoción trabajada que suma autenticidad al directo. La banda, por su parte, suena pulcra, con arreglos que realzan las melodías sin sobrecargarlas. El tacto en el piano y la manera en que las percusiones sostienen los crescendos demuestran que Keane ha sabido transformar la madurez en contundencia musical. El público, mayoritariamente adulto pero también compuesto por audiencias más jóvenes, respondió con fervor. Hubo momentos en los que el recinto pareció flotar entre la nostalgia y la celebración: parejas abrazadas, generaciones que compartieron compases y una sensación general de que la música de Keane sigue cumpliendo la función más básica y poderosa: conectar.

Lo vivido en la noche del Corona Capital Sessions, fue más que una simple revisión de éxitos: fue la constatación de una propuesta musical que perdura por su honestidad melódica. Keane demostró que las canciones bien escritas envejecen con dignidad y que los retornos pueden convertirse en capítulos valiosos cuando se sostienen con calidad artística y respeto por el público. Para quien busca un concierto que combine pasajes de recogimiento con momentos de catarsis colectiva, la experiencia Keane entrega exactamente eso: canciones que funcionan como mapas emocionales, un escenario claro y un frontman que ya no se asusta de mostrar su fragilidad convertida en fuerza. Y, por encima de todo, la certeza de que algunas melodías siguen teniendo el poder de unir a miles de personas en un mismo latido sonoro.


