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Héctor Castro Aranda | A Jesse & Joy, le tocó la oportunidad de tocar en la Arena Guadalajara el 27 de febrero, en medio de una histeria colectiva por los desafortunados eventos de hace unos días, pero esto no fue impedimento para que el recinto se llenará a su capacidad total. Guadalajara volvió a rendirse ante el dúo en una noche que confirmó la madurez artística y la vigencia que han sabido evolucionar sin romper el vínculo con su esencia. Minutos antes de que iniciara el concierto, la euforia era tal que se anunció una nueva fecha en el mismo recinto para el 29 de mayo, síntoma inequívoco del arrastre que mantienen en tierras tapatías. A las puertas del espectáculo, la expectativa ya se respiraba como una certeza compartida.

Poco antes de las diez de la noche, Jesse & Joy aparecieron en escena con una entrada que apostó por la sobriedad y la emoción directa. Jesse tomó primero su lugar al piano y dejó fluir las notas iniciales de “Corre”, desatando un coro multitudinario que convirtió el recinto en una sola voz. La interpretación, contenida al principio, fue creciendo hasta convertirse en una declaración colectiva de desahogo. Luego cambió al registro eléctrico con “Esto es lo que soy”, momento en el que Joy salió al escenario con un vestuario brillante que acentuó la energía festiva del arranque.

El repertorio avanzó con piezas como “Ya no quiero” y “Digas lo que digas”, consolidando la atmósfera de complicidad. Más allá de la puesta en escena, lo que marcó la noche fue la cercanía discursiva. Joy tomó el micrófono para agradecer el recibimiento y subrayar el deseo de convertir el concierto en un espacio seguro, un paréntesis luminoso frente a la complejidad del entorno actual. El público respondió con aplausos que reforzaron esa sensación de comunidad.

El espectáculo integró canciones de su producción más reciente, nominada al Grammy, así como temas vinculados a su documental “Lo que nunca dijimos”, estrenado por HBO. Esa combinación permitió un equilibrio entre nostalgia y presente. “Chocolate”, “Lo que nos faltó decir” y “Mi tesoro” mantuvieron la intensidad emocional, mientras las pantallas amplificaban cada gesto, cada mirada cómplice entre los hermanos.

Uno de los momentos más íntimos llegó con un segmento acústico que desnudó la estructura de sus composiciones. Antes de interpretarlo, compartieron que algunas de esas canciones nacieron como cartas mutuas, ejercicios de honestidad convertidos en música. “No sé cómo lo haces”, “Gotitas de amor”, “Cuando estamos solas” y “Mi sol” sonaron con una calidez que contrastó con la magnitud del recinto, demostrando que la intimidad no depende del tamaño del escenario.
La sorpresa escénica no tardó en aparecer. Joy descendió para recorrer los pasillos durante “Nuevos recuerdos”, estrechando manos y cantando a escasos centímetros de sus seguidores. Jesse, por su parte, se trasladó a un escenario alterno para interpretar “Punto y aparte” y un medley que incluyó fragmentos de “Dulce melodía”, “Muero de amor”, “Invisible” y “Montón de estrellas”, reforzando la sensación de cercanía.

El tramo final se tiñó de tradición mexicana con la incorporación del Mariachi Alma de Zapopan. La fusión entre pop y ranchero tomó forma en un popurrí que incluyó clásicos como “Si nos dejan”, “La Bikina” y “Volver, volver”, recordando que el dúo ha sabido dialogar con distintas raíces sonoras sin perder su identidad. El público, de pie, acompañó cada verso con entusiasmo desbordado. La recta final fue una sucesión de himnos inevitables. “Con quién se queda el perro”, “Llorar”, “La de la mala suerte” y “Te esperé” consolidaron la catarsis colectiva. En el encore, “Ay doctor” y “Me quiero enamorar” prepararon el terreno para un cierre con “Espacio sideral”, la canción que los proyectó al reconocimiento masivo y que, años después, sigue coreándose con la misma intensidad.


