Héctor Castro Aranda, enviado especial, Los Angeles, California. | Fotografía Randall Michelson | En la Ciudad de Los Ángeles, con un cielo despejado que parecía querer quedarse grabado en la historia, The Who ofreció dos conciertos el 17 y 18 de septiembre, que quedarán en la memoria como un adiós que, más que despedida, fue una reafirmación de lo que significa el rock cuando es llevado a sus últimas consecuencias. Roger Daltrey de 81 años y Pete Townshend de 80, los dos pilares que todavía sostienen a la legendaria banda británica, transformaron el Hollywood Bowl en un templo sonoro donde el pasado, el presente y el futuro se cruzaron durante más de dos horas.


El público, diverso en generaciones, llegó con una certeza: estaban frente a la última oportunidad de ver a The Who en su máxima expresión, la última de las tres grandes, después de The Beatles y Rolling Stones. 63 años de historia, se llegaron a un final, la edad no perdona pero el legado que dejaron es infinito. Su gira de despedida fue anunciada a principios de este año, The Song is Over Tour, con una serie de pocas fechas que pondrían el final escénico de los británicos. A diferencia de otras giras pasadas, que contenían una fuerte carga de fechas, ahora fueron muy a cuenta gotas, dejando la posibilidad de varias ciudades y países fuera de tener la oportunidad de despedirse de The Who. La fecha doble de Los Angeles, fue la única y más cercana oportunidad para México de poder verlos, ya que todo parece indicar que no hay planes de bajar hacía acá ya que el cierre de gira será el primero de octubre en la Acrisure Arena de Palm Springs, California. Solo nos quedará el recuerdo de la primera y única visita de The Who en Ciudad de México en octubre de 2016.

Revista101.com, fue parte de una noche histórica, una última vez de poder escuchar tantos temas que marcaron movimientos socioculturales por medio del rock and roll. La expectativa flotaba en el aire desde antes de que las luces bajaran. Y cuando finalmente sonó la primera guitarra, el ambiente explotó en un rugido que no fue solo celebración, sino también una manera colectiva de agradecer seis décadas de música, rebeldía y poesía eléctrica, por parte de 19 mil personas. El catálogo musical fue una declaración de intenciones. Lejos de refugiarse únicamente en la nostalgia, Daltrey y Townshend armaron una travesía emocional que fue de los temas que definieron la juventud de millones hasta composiciones menos frecuentes pero cargadas de significado. “Love, Reign O’er Me” se escuchó como un grito desgarrador que parecía venir de lo más profundo del alma de Daltrey, mientras que “The Song Is Over” funcionó como metáfora inevitable de lo que ocurría esa noche: el final de un viaje que había comenzado en los años sesenta, cuando Londres hervía de música y revolución cultural. The Who podría no haberse retirado y aplicar la de hasta donde el cuerpo aguante, aunque tanto Daltrey sigue teniendo un físico imponente y una voz y Townshend aún puede dar esos clásicos guitarrazos, quieren irse con dignidad con la frente en alto o posiblemente no dejar las cosas al aire ya que el tiempo es un enemigo presente.

Canciones como “Baba O’Riley” y “My Generation” sacudieron al público como si el tiempo no hubiera pasado, recordando que el espíritu juvenil de The Who nunca fue una pose, sino una forma de ver la vida. Entre coros multitudinarios, saltos y aplausos, el Hollywood Bowl se convirtió en una extensión de la propia historia del rock, un eco colectivo de décadas en las que la banda transformó el género en una experiencia tan visceral como trascendente.

Más allá de la potencia musical, lo que marcó la diferencia fue la relación entre Roger Daltrey y Pete Townshend. Ambos, conscientes de que este era un cierre definitivo, mostraron una química que combinaba la solemnidad del momento con la espontaneidad de las bromas entre viejos camaradas. Hubo espacio para la ironía, para los comentarios mordaces de Townshend y para las miradas cómplices de Daltrey, que parecían recordarles a todos que, antes de ser leyendas, eran amigos que encontraron en la música un lenguaje común. Ese equilibrio entre la emoción y el humor alivianó la carga nostálgica y convirtió el concierto en una celebración. No se trataba únicamente de decir adiós, sino de agradecerse mutuamente por haber sobrevivido a los excesos, a los cambios de época y a las pérdidas, manteniendo intacto el espíritu de una banda que nunca aceptó las reglas del juego.

Cada acorde, cada palabra y cada gesto tuvieron el peso de la última vez. Para quienes estuvieron ahí, escuchar “Behind Blue Eyes” o “Pinball Wizard” fue como asistir a una ceremonia íntima en la que se despedía no solo a una banda, sino a una parte de la historia cultural del siglo XX. The Who no es únicamente un grupo de rock: es un símbolo de rebeldía, de juventud eterna y de la capacidad del arte para desafiar el paso del tiempo. Son los Papás de varios movimientos como los mods, skinheads, punks y la forma de vestir y el concepto sobre todo lo que rodea a Oasis.

El Hollywood Bowl, con su acústica imponente y su aura mítica, fue el escenario ideal para cerrar este ciclo, un emblema de Los Angeles, de Hollywood, a los pies de Hollywood Hills y el punto final del paseo de la fama este enorme inmueble con más de cien años de historia es un anfiteatro al aire libre con vista a las montañas, el escenario elegante y perfecto para The Who. No hubo lágrimas desbordadas ni dramatismo excesivo, sino una sensación de plenitud, como si Daltrey y Townshend hubieran decidido que la mejor manera de marcharse era recordando que, en esencia, siempre fueron una banda en vivo, una máquina de energía que encontraba en el escenario su razón de ser.

El final de estos conciertos no significa el silencio. The Who ha dejado una huella que no se borra con la ausencia física en los escenarios. Sus canciones siguen vivas en cada vinilo, en cada playlist, en cada banda que alguna vez soñó con romper guitarras como Townshend o cantar con la fiereza de Daltrey. Más allá de las despedidas, lo que queda es la certeza de que su música seguirá resonando en estadios, en bares, en habitaciones solitarias y en cualquier rincón donde alguien necesite recordar que el rock nació para desafiarlo todo. El Final en lugar de irse del escenario con una canción, fue charlar entre ellos, hablar algunas anécdotas, los ojos sollozos de Townshend, lo decían todo, no había vuelta atrás, todo estaba hecho. Al final un abrazo y con café en mano, la historia de una las agrupaciones más talentosas de todos los tiempos decían adiós, un conjunto que logró todo, tener sus propios filmes, ganar todos los premios de la música, crear operas rock, estar en los festivales más íconicos como Woodstock 1969, llenar estadios e impulsar en su momento carreras como las de The Clash. The Who se despide, pero lo hace dejando encendido un fuego que iluminará a las generaciones que vienen detrás.

Antes del inicio del recital de The Who, la velada comenzó con The Joe Pery Project, la mega banda del guitarrista de Aerosmith, quien tenían en su escenario a Slash, Robert DeLeo, bajista de los Stone Temple Pilots, Jason Sutter, baterista de Smash Mouth, Chris Robinson, vocalista de The Black Crowes y Brad Whitford, guitarrista de Aerosmith al igual que Joe Perry, lo más impactante de la noche fue que se sumó Steven Tyler y teóricamente vimos a Aerosmith sobre el escenario tocando, «Walk This Way».



