Héctor Castro Aranda, enviado especial San Francisco | Han pasado casi siete años desde que LCD Soundsystem lanzó una canción nueva, pero su magnetismo cultural no ha hecho más que crecer. En plena era de nostalgia por la “indie sleaze” de los 2000, James Murphy y su colectivo neoyorquino siguen siendo el punto de referencia para toda una generación que aprendió a bailar mientras pensaba demasiado. Y si algo confirma su relevancia, es que fueron el acto estelar de la cuarta edición del festival Portola en San Francisco, California. Donde la banda convirtió ocho noches consecutivas en un ritual sonoro entre luces estroboscópicas y euforia colectiva.


El 20 de septiembre el enorme puerto 80 de San Francisco, coronó a LCD Soundsytem como la gran banda que son y la influencia que tuvieron en decenas de agrupaciones en las que participaron directa e indirectamente. La presentación se sintió como una celebración de la resistencia emocional y artística. LCD no solo tocaron, sino que reafirmaron su papel como arquitectos del caos controlado, de esa alquimia donde el post punk y la electrónica se encuentran para liberar cuerpos y memorias. Los saltos no se hicieron esperar para las cerca de 40 mil personas reunidas.


Desde el primer acorde, el escenario se transformó en una especie de laboratorio del ritmo. Cinco sintetizadores, tres baterías, una bola disco y una precisión casi matemática dieron forma a un espectáculo que, aunque milimétricamente planeado, conservó la energía improvisada que ha hecho de sus conciertos una experiencia irrepetible. James Murphy, vestido con un saco blanco, fungió como guía y médium de un culto que no necesita religión, solo bajos hipnóticos y percusiones que laten al compás del corazón colectivo.


Durante «Tonite», Murphy se acercó al baterista Pat Mahoney para golpear la tarola con una maraca, mientras Al Doyle se estiraba entre teclados y tambores, tocando ambos instrumentos al mismo tiempo durante «I Can Change». No hay complacencia ni rutina en LCD Soundsystem; hay un espíritu de camaradería que convierte cada tema en un acto de construcción colectiva.
El público de varias generaciones, respondió con devoción a todo lo largo de la explanada con los enormes buques de fondo y las grúas vigilando. Todos parecían parte de un mismo cuerpo en movimiento. En «North American Scum», las voces se fundieron en una sola masa de sudor y alegría. Y cuando llegó la larga introducción de Dance Yrself Clean, las manos se extendieron hacia el escenario como si buscaran tocar algo más que sonido: una conexión emocional, un instante suspendido en el tiempo.

El cierre, como dicta la liturgia LCD, llegó con All My Friends. Nancy Whang inició la icónica secuencia de dos notas, y el auditorio entero respondió con un coro que era tanto celebración como despedida. Era el recordatorio de por qué esta banda , que comenzó como un proyecto de culto en Brooklyn, sigue siendo, dos décadas después, una de las más relevantes del siglo XXI.

A veinte años de su álbum debut, LCD Soundsystem continúa demostrando que su música no pertenece al pasado, sino a todos los presentes posibles. En tiempos de algoritmos y playlists descartables, su propuesta sigue siendo orgánica, imperfecta y profundamente humana. Brixton se convirtió, una vez más, en un templo donde la melancolía y el desenfreno se abrazan. Más allá de la nostalgia, lo que ocurre en un concierto de LCD es una lección sobre la importancia del encuentro físico, de la energía compartida y de la catarsis colectiva. Entre sintetizadores, risas y sudor, Murphy y compañía ofrecieron algo que va más allá del entretenimiento: una noche donde la música recuperó su sentido original, el de unir a la gente. LCD Soundsystem, se encuentra ahora activamente en una gira muy especifica con residencias en ciudades claves como Chicago, Nueva York, Los Angeles.


