Héctor Castro Aranda | Screamadelica vió la luz en 1991, el álbum más influyente de Primal Scream, marcó un cambio drástico respecto a su sonido anterior, más directo dentro del rock y garage. Desde la icónica portada, hasta los amplios ritmos influenciados por la psicodelia, capturó perfectamente un momento en el tiempo: fusionando el caos de la cultura rave de inicios de los noventa con soul, gospel, rock y acid house. La banda abrazó esto completamente alrededor del vigésimo aniversario del disco. Lo que generó un resurgimiento en su popularidad en vivo. Teniendo una presentación finisima en la edición 2024 del Corona Capital en Ciudad de México.



En 2024 lanzaron su álbum más reciente, Come Ahead. Al igual que Screamadelica, las canciones se desarrollan de forma lenta y rítmica, aunque con mayor inspiración en el funk e incluso el disco en algunos momentos. El 29 de octubre, alrededor del Teatro Diana, te recibían con las camisetas de Screamadelica. Se sentía cálido. Familiar. Curiosamente, no se percibía urgencia en la multitud. No había carreras hacia el frente. No había tensión en el aire. Y eso no es necesariamente malo. De hecho, tenía algo reconfortante. Primal Scream tiene un público leal y mayor. Quizá para muchos era simplemente: “Oye, ¿vamos a ver a Primal Scream?” y fueron, ¿pero quienes fueron?, la famosa gente nocturna de la ciudad, de la escena noventera, los que usan Fred Perry y botas Doctor Martín, esos fueron, un público de nicho que sigue la carrera de este encanto de grupo, pero que a nivel general no causo encanto para llenar el Diana que tuvo que ser aforado de último momento, puesto solo 700 personas de 2400 se atrevieron a tener una de las mejores experiencia de rock en la ciudad en lo que va del año. Pero, había suavidad en el ambiente: disfrutemos la noche, no intentemos que cambie nuestras vidas por un record de asistencia.


Los escoceses abrieron con “Don’t Fight It, Feel It” de Screamadelica. Esa línea de sintetizador inconfundible arrancó, y de inmediato atrapó el breakbeat. Bobby Gillespie, su célebre vocalista, se movía con el desapego cool que uno espera de alguien que lleva décadas en esto: ese desinterés propio de una estrella del rock clásica. A veces puede parecer enigmático. Siguieron con una canción nueva, “Love Insurrection”, En vivo funcionó bien. Las dos coristas estaban en su punto, seguras, fluida y la banda sonaba compacta.

Mientras avanzaba el set, se sentía que el público esperaba una tanda de clásicos. Habíamos tenido tres canciones nuevas seguidas. Hasta ese momento, incluso favoritos como “Jailbird” parecían encajados a la fuerza dentro del discurso artístico de la banda, sin permitir despegue real. Finalmente llegó “Loaded” y por primera vez hubo flujo. El público dejó de ser individuos para convertirse en algo colectivo. La gente se movió, los cuerpos se balancearon en sincronía; por primera vez en la noche, la sala cobró vida propia. La magia de Screamadelica estaba en pleno efecto, ese cóctel de groove, elevación y liberación rompió la contención de la noche. Nos soltamos. Estuvimos presentes. Luego llegó “Swastika Eyes”, cortando la suavidad de “Loaded” con algo más duro. Si “Loaded” ofreció euforia, “Swastika Eyes” trajo intensidad. Fue el momento visualmente más impactante de la noche, luces estroboscópicas pulsando al ritmo implacable, el escenario bañado en agresión y distorsión. Auténtico, seguro. Como si por fin la banda hubiese encajado en algo que no necesitaba explicación. Hipnótico y potente. La noche terminó con con “Come Together” y “Rocks”, como era de esperarse.


